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you are here: Revive » 1 July 2009 » Quédate, por favor...

Quédate, por favor

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by Angie Musonza, Territorio de Canadá y Bermuda

Angie es la hija de los Mayores Timothy y Ángela Musonza, oficiales jubilados en Zimbabwe.

Con claridad recuerdo el momento en que me despedí de mi bebé, mi familia, y mi paz interior. Al pasar por la puerta sin mirar atrás, escuché la voz de mi hijito, ‘¡Mami, quédate, por favor! ¡No me dejes!’ Las palabras quebrantaron mi corazón, y algo dentro de mí murió. Lo que me impidió dar la vuelta y olvidarme del viaje a Inglaterra aquel domingo por la tarde en enero del 2000 fue la esperanza de que algún día este sacrificio tan grande valiera la pena.

Yo me iba muy lejos, tan lejos de mi hogar en Zimbabwe, buscando la paz y una vida mejor para mi familia. Me dije a mi misma que a fin de año mi familia estaría junta otra vez y le tendría en mis brazos a mi hijito. Cobré todas mis fuerzas y seguí adelante.

Lucas era mi bebé, mi bebé de cuatro años – era mi vida. Todo lo que hice fue por él; mi vida giraba alrededor de mi hijo. Los que me conocían bien sabían que éramos muy unidos y no creían que me iría de verdad, pero sí me fui, y no pude volver atrás.

No me acuerdo de la mayoría del viaje. Mi cerebro se me adormeció. Sé que dije sin parar, ‘Mi bebé, mi bebé, ¿de verdad le estoy dejando atrás a Lucas? Cuídenlo … por favor, cuídenlo por mi.’ Ese día que me despedí de mis seres queridos también me despedí de mi paz interior, aunque no lo sabia en ese momento.

Durante las primeras dos noches en Inglaterra, no pude dormir. Desde aquel entonces, sufro de insomnio. He sufrido de trastornos alimentarios. Durante días no comería nada, y después pasarían días que comería sin parar – ni siquiera disfrutando del sabor de la comida.

Lo más difícil era llamar a casa porque Lucas lloraría y eso me hizo llorar a mí. Pensó que le había abandonado y me rogaría a volver a casa, prometiéndome que se portaría bien.

Con el paso del tiempo, Lucas se acostumbró a mi ausencia e hizo amigos. Cuando le llamaba por teléfono me decía que estaba jugando y que estuve interrumpiéndole. Por algún motivo esto me dio consuelo – sabia que por fin se sentía feliz. Se había encariñado con mis hermanas, probablemente porque vio la semejanza familiar. Lo que me tranquilizaba era saber que a fin de año estaríamos reunidos otra vez. No sabía que pasarían ocho años muy largos antes de verle de nuevo.

Durante mi estadía de un año en Sunbury Court, mi esposo, Lovingson, logró emigrar de Zimbabwe a los Estados Unidos de América. A fin del año yo también conseguí trabajo en los Estados Unidos. Fuimos reunidos en diciembre del 2000, e inmediatamente comenzamos los trámites para traerle a Lucas a los EEUU. No obstante, pareció imposible. Hicimos todo lo que pudimos, pero aun con los abogados, a quienes habíamos pagado muchísimo dinero, nuestros esfuerzos fueron en vano.

En 2004 fuimos bendecidos con otro hijo, Lovingson Junior, o ‘Sonny’, y le dedicamos al Señor en un cuerpo de Cincinnati, Ohio. El nacimiento de Sonny fue agridulce – mientras fue un momento tan alegre, me hizo recordar a mi hijo Lucas y sentí culpable. ¿Cómo podría tener otro hijo? ¿Cómo se sentiría Lucas? Sentí, otra vez, que le había abandonado.

Cuando Lucas supo por teléfono que tenía un hermanito, pude sentir su deseo de estar con la familia. Pero en los EEUU no tuvimos éxito con los trámites para traerle a Lucas. En diciembre del 2005, decidimos mudarnos a Canadá e intentar desde allí.

Desde el primer momento los canadienses fueron muy amables y hablaron de la reunión familiar. Su confianza por fin me dio un poco de paz y me ayudó a olvidarme de las luchas que había tenido en el pasado. En tan sólo dos meses nos habíamos mudado a Toronto, una ciudad multi-cultural. Dondequiera que fuimos nos trataron bien.

El entusiasmo de estar juntos otra vez con Lucas fue impalpable. Hacía ocho años que estuvimos separados y le esperé en el aeropuerto con muchísima anticipación. Estuve tan contenta pero también un poco nerviosa, imaginándome como era. ¿Vería en él algo del niño de cuatro años que había dejado atrás? ¿Se acordaría de mí? ¿Se acostumbraría a Canadá?

Cuando le vi a Lucas, le conocí en seguida. Había crecido muy alto – ¡y parecía una fotocopia de su padre! Lucas no me reconoció a mí. Me miró y siguió de largo. Todo pareció extraño – tal como el día en que me despedí de él.

Le costó un poco a Lucas acostumbrarse a ser parte de la familia. Durante los primeros días cuando yo miraba hacia arriba, él estaría mirándome. Me di cuenta de su necesidad de re-establecer el lazo maternal conmigo, y él me seguía por todos lados. Comencé a sentir completa otra vez … bendecida. Por fin estuve con mis dos bebés.

Lucas se ha adaptado bien a la vida en Canadá, y ha hecho algunos amigos en la escuela.

Estoy tan agradecida que mi familia tuvo la oportunidad de reunirnos otra vez. Hay muchas familias que viven separadas, tal como la mía, y nunca tienen esa oportunidad de reunirse. Dejar atrás a la familia nunca es una decisión fácil. Involucra un sacrificio enorme; pero siempre existe la esperanza de una vida mejor y que algún día la familia estará junta otra vez.

Lamentablemente, hay muchas mujeres que viven en países inestables y han tenido que viajar lejos para buscar la paz. Detrás de la sonrisa de estas madres hay mucho dolor – muy adentro está rota, dolida, esperando conocerle a esa persona que le ayudará a reunirse con su familia otra vez. Busca la paz. Mi reunión familiar fue agridulce. Gracias a Dios, recibí otra vez a mi bebé. La realidad es – hay muchas madres que siguen orando por esa misma oportunidad.


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